Ni café, ni coca cola, ni red bull. Lo mejor para mantenerse despierto es un amor no correspondido.
Mali

¿Callar o protestar?

No creo que exista una sola mujer en el mundo que no haya sido agredida verbal o físicamente alguna vez por un hombre (o varios) en la calle. No creo que exista una sola mujer en el mundo que no se haya sentido indignada frente a esto. Pero sí creo que muchas de nosotras hemos callado y hemos seguido nuestro camino.

Existen varios motivos para que algunos hombres agredan constantemente a las mujeres en las calles y en las casas. La primera es la construcción de una masculinidad que debe ser reforzada día a día. La masculinidad se construye sobre la base de ciertas características que se consideran “machas” o pertenecientes por naturaleza a los hombres o que deberían ser de ellos y solo de ellos: el derecho de propiedad sobre las mujeres que comprende la objetivación del cuerpo femenino, el marcaje de la zona que se habita, el uso dominante y autoritario del espacio público, la agresión y la violencia hacia todo aquello que parezca débil, frágil, diferente o extraño, y en donde se origina la construcción del enemigo y la casi imposibilidad de cambiar las cosas en este mundo.

Todas estas características se les inculcan a los niños desde que nacen. Todas las contrarias se les inculcan a las niñas desde que nacen. Se les adjudica un género, un rol y una serie de características que deben cumplir. Ad infinitum y ad náuseam. Y es así como se van componiendo las características de todas las sociedades sobre el planeta, en algunas más o en algunas menos, pero en todas.
Las mujeres hemos luchado por evitar esas agresiones y conseguimos notables avances. Existe una serie de protecciones que se dan contra la violencia doméstica, el acoso sexual, la desigualdad de oportunidades, el abuso sexual, etc. Pero la violencia sigue siendo pan de cada día en nuestras vidas. Solo veamos la cantidad de niñas violadas que alimentan las espantosas estadísticas (porque de las que callan quizás no sabremos nunca). Generalmente las leyes se dan muy tarde, cuando ya existe un cúmulo de injusticias y experiencias ingratas alrededor del nacimiento de la ley. La ley siempre tarda. La ley nunca es suficiente. La ley tampoco es para todas. Es solo para aquellas que tienen los medios (tiempo y dinero) para hacer valer sus derechos. Las demás simplemente nos jodemos.

La sumisión de la mujer y la violencia de los hombres no solo se construye con acciones, también se construye con discursos. Discursos que escuchamos diariamente en casa y en la escuela, de padres y de profesores. Discursos que nos dicen cuál es nuestro lugar en el mundo. Qué espacios nos pertenecen y cuáles no. Qué podemos hacer y qué no. Qué debemos esperar, qué debemos soñar, qué debemos desear.

Los niños no pueden llorar. Las mujeres deben llorar. Los niños deben resolver sus problemas a golpes. Las mujeres deben resolverlos con llanto. Nosotras nos resignamos, nos callamos o tratamos de huir de ellos. Nosotras no podemos salir hasta tarde. Ellos sí. Ellos pueden cuidarse por sí mismos. Nosotras dependeremos de alguien y estaremos en constante peligro si salimos ni bien entra la noche, si nos emborrachamos, si nos vestimos como putas. Ellos deben evitar ser padres. Nosotras debemos evitar que nos violen o nos maten. Pero debemos ser madres. Tener hijos. Cumplir con nuestro destino.

Si en Lima, a pesar de todo lo que nos enseñan, logramos ser independientes, y salir a las calles y estudiar y forjarnos un futuro sin depender de nadie, no sucederá lo mismo en el interior del país. En provincia muchas niñas no podrán salir a las calles ni estudiar ni construir un futuro libre y autónomo. Se verán rodeadas por sociedades más represoras, por padres más conservadores, por profesores más reaccionarios. Sus vidas se condenarán a ser vividas como quieren otros y no como ellas quisieran. Y la pobreza, esa que abunda en las poblaciones más alejadas de Lima, pero que también abunda en Lima, es un factor clave. Una mujer siempre es más pobre si es pobre, y si es una niña su vulnerabilidad se duplica, y si es afrodescendiente, indígena o lesbiana, su vulneración crecerá exponencialmente. Y si es discapacitada, adulta mayor o no encaja en los cánones de belleza establecidos por una sociedad racista y altamente discriminadora, tendrá serios problemas para vivir una vida digna.

A pesar de todas las formas que utiliza una sociedad machista, misógina y lesbofóbica para subsumir a la mujer en la ignominia, nosotras también tenemos nuestras formas de sobrevivencia, formas que pueden representar grandes sacrificios o grandes riesgos, pero que nos permiten salir adelante. En este mundo una mujer no vive, sobrevive, aquí, en Europa o en Asia. El desarrollo industrial o el crecimiento económico no mejora los chips machistoides. Ese chip solo se recicla.


Nuestra situación no mejora, solo se transforma el discurso para hacernos creer que las cosas van mejor. Muchas dirán que, obviamente, las cosas van mejor para las mujeres ahora que antes. Y es cierto. Pero las variables de la opresión siguen siendo las mismas, y esas variables se ciernen, sobre todo, sobre algunas mujeres que nunca van a ver sus sueños realizados ni sus oportunidades aprovechadas. Y no son unas pocas, es la mayoría.
Una forma de resistir y de evitar que nos llenemos de ira y rencor frente a las agresiones es protestar contra ellas. A la clásica pregunta entre callar o aguantar que recorre nuestro cerebro en breves segundos, tratemos de que el callar no predomine. Sé que asumimos una serie de riesgos al enfrentar las agresiones verbales o físicas: que las verbales lleguen a las físicas, que las físicas lleguen a la muerte. Pero esos son casos extremos. Responder frente a las agresiones es necesario no solo para nuestro bienestar emocional, sino para hacer con el discurso y los actos una serie de transformaciones que son completamente necesarias, en nuestra mente y en la mente de los hombres agresores, sobre todo cuando son jóvenes, sobre todo cuando es posible. No callemos, si es posible acercarse y preguntar la razón de la agresión, hagámoslo. Si es posible verbalizar la rabia o la indignación, también hagámoslo. No callemos. Hablemos fuerte y claro. Puede que corramos riesgos pero también puede que detengamos la agresión. La nuestra debe ser una lucha constante por no aguantar y por no callar.

(Verónica Ferrari  Linguista y activista del MHOL)

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